Hace poco más de un mes, salí con mi pareja a tomar algo por el pueblo. Hacía tiempo que no salíamos y aprovechamos que hacía sol y era domingo para dar una vuelta y hacer un poco de vida social antes de comer. Fue toda una sorpresa para mi descubrir el vino del que os voy a hablar y que recomiendo que probéis si tenéis oportunidad. Aviso desde ya que soy nueva en este mundo de las catas pero reconozco cuando las cosas están bien hechas y este vino puede presumir de ello. Pedimos un par de copas y quedé tan satisfecha que, sabiendo que tendría que hacer más catas a lo largo de este curso, le pedí que me vendiera una botella. La degusté en casa unos días después y este fue el resultado:

La bodega encargada de hacer este vino fue fundada en 1975 y está situada en Fuenmayor. Intentan fusionar la tradición con la enología contemporánea y su corte clásico puede verse en la etiqueta, de colores sobrios y letras doradas.

Al descorcharla nos encontramos con un corcho poco maquillado, pareciendo de buena calidad.

Este vino es monovarietal Tempranillo, variedad extensamente cultivada en España y que supone más del 60% en La Rioja, con 12 meses de crianza en barrica de roble francés y 6 meses más en botella. Tiene una graduación de 14º.

Al echarlo en la copa vemos un caldo rojo rubí de capa media-alta, limpio y brillante.

En nariz, a copa parada, se notan olores como a vainilla. Al remover la copa, se detectan olores a fruta roja y flores con gran potencia aromática.

Por fin en boca, descubrimos un vino de una primera impresión muy agradable, de dulzor seco y suave, de acidez equilibrada y delicada. En su paso por boca, se aprecia su cuerpo poderoso y carnoso con un tanino equilibrado y bueno.

Nos deja un aroma retronasal potente, atractivo y de naturaleza afrutado, con una sensación final larga y placentera.

Quién me iba a decir a mí que esa mañana de domingo podría descubrir este vino del que ahora ya soy fan.